
MILITARIZACIÓN DE LA CDMX
Tomás Oropeza
Berumen
A once años de que
el gobierno del ex presidente Felipe Calderón declarara la guerra
contra el narcotráfico y la delincuencia organizada, la producción,
venta y consumo de drogas sigue siendo un grave problema social y de
salud pública que -como se ha demostrado- no ha podido resolverse
mediante la represión militar o policiaca. Al contrario, hoy es
mayor la cantidad de personas, sobre todo jóvenes y adolescentes que
consumen marihuana y drogas de mayor riesgo.
La violencia de los
cárteles de la droga y todo tipo de actividades ilegales encuentra
tierra fértil en un país devastado por décadas de aplicación de
una política económica que sólo favorece a los dueños del capital
mediante reformas estructurales que han ajustado las leyes laborales
para dejar en la indefensión a los trabajadores. Y que han
privatizado el petróleo, la salud y la educación.
Hoy el país está
repartido entre las empresas mineras a las que se ha concesionado una
gran parte del territorio nacional, el narco, gobernadorcillos
corruptos que actúan como señores de horca y cuchillo, el Ejército
y la Marina. Todos ellos confabulados para someter y explotar a
campesinos, pueblos originarios y trabajadores.
Hasta hace unas
semanas la capital del país parecía un territorio a salvo de esta
situación, pero lo ocurrido en la delegación Tláhuac el 21de
julio, cuando elementos de la Marina “abatieron” a varios
narcomenudistas con un gran despliegue de fuerzas, tanquetas y
helicópteros. Acción semejante a la realizada en febrero en el
estado de Nayarit, donde para “abatir” a unos delincuentes
utilizó un helicóptero artillado.
En México no existe
la pena de muerte, pero el Ejército, la Marina y la Policía Federal
la han instaurado en los hechos. No sólo a los delincuentes, sino
también a quienes luchan contra la política gubernamental, como
sucedió en Nochixtlán, Oaxaca, en junio de 2016, donde fueron
asesinados nueve pobladores y heridos más de un centenar por
policías federales que efectuaron un desalojo contra maestros que
protestaban contra la mal llamada reforma educativa.
Lo ocurrido en la
delegación Tláhuac, donde fueron ejecutados varios narcomenudistas,
a quienes el gobierno federal y local presentaron como un temible
cártel y después reconocieron que no era tal, ha servido para
militarizar el Oriente de la capital y establecer un virtual estado
de sitio y una campaña en los medios para justificar retenes,
allanamientos y violaciones a los derechos humanos de la población.
Con ello, más que combatir la delincuencia, lo que se persigue en
realidad es crear el ambiente para que se apruebe la ley de seguridad
interior que dé carta blanca al ejército y la Marina para sus
actividades; así como inhibir la lucha social contra la política
económica neoliberal que tanta pobreza, desempleo y violencia ha
producido.
En lugar de balas,
drogas y redadas los jóvenes necesitan educación en todos los
niveles y empleos bien remunerados. Hay que terminar con las causas
que los llevan al consumo de drogas. Tratar a los adictos como
víctimas de una enfermedad, no como criminales.
Hay que examinar las
experiencias de Portugal, donde han sido legalizadas todas las drogas
y su consumo disminuyó. O el caso de Uruguay cuyo Estado ha
regularizado la producción y venta de marihuana y trata a los
adictos como seres humanos.